El Abrazo

Era solo un abrazo, pero en su sencillez llevaba el peso de un mundo entero. Cuando sus brazos se cerraron alrededor de mí, no fue solo su calor lo que sentí, sino el lento derretir de todas las costras que el tiempo había acumulado sobre el corazón.
Ahí, en ese instante, no existían las batallas perdidas, ni los silencios que duelen más que los gritos. Solo el ritmo de su respiración mezclándose con la mía, como si nuestros cuerpos recordaran un idioma olvidado.
Un abrazo de mujer no es solo consuelo; es un acto de resistencia contra la soledad. Es el recordatorio de que, a pesar de todo, algo en este mundo sigue siendo suave, sigue siendo bueno. Y aunque dure apenas unos segundos, su eco permanece, como una brasa que calienta las noches más frías.
Porque hay abrazos que no se van. Se quedan, se hunden en el pecho y se convierten en una segunda piel. Y desde entonces, cada vez que la vida aprieta, vuelvo a sentir sus brazos—como un refugio, como un sí en medio de todos los noes.
Imagen Propia
- Cruzando la selva Nublada Parque Nacional Cerro El Copey, Isla de Margarita. Tomada con mi cámara Polaroid
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